Una despedida en la altitud. Una despedida de altura


Una parte de la posada Bella Vista
Partimos en la tarde – noche desde Valencia – Carabobo, a la ciudad de Mérida - Venezuela, vía el páramo por la carretera trasandina, éramos mi sobrino, dos personas más y yo. Nuestro objetivo, alcanzar el techo de Venezuela, el Pico Bolívar. Nos trasladamos en transporte público, llegando a las 5 de la mañana al terminal.

Una vista a Los Nevados



Una vez, estando allí, nos movilizamos a la plaza las heroínas, donde tomamos el transporte a Los Nevados. Recuerdo el nombre del conductor Marino, una persona con mucha experiencia, el quien hace los traslados a bordo de un jeep chasis largo, techo duro. En el camino se nos sumó otra persona, casi de la edad de mi sobrino, su función era apoyar el buen desarrollo logístico y técnico de la excursión para cumplir con el objetivo planteado.


Subiendo los morrales a las mulas
En el transporte nos acompañaba el profesor Carlos González, docente de la Unidad Educativa de Los Nevados, quien imparte clases de matemática y física, los días lunes, martes y miércoles. Nos comentó que son pocos los estudiantes de esta institución, que alcanza una matrícula de treinta y seis estudiantes, distribuidos en diferentes grados, y que algunos de estos estudiantes deben realizar una caminata de dos o tres horas para llegar a la institución.  

 

Al llegar a los Nevados nos hospedamos en la posada Bella Vista. Un señor de buen trato y muy amable, de nombre Gudelio, nos recibió con un rico café tipo guayoyo. Me quedé en la posada mientras los demás visitaban la casa de Rita y los Daniels.  Esa tarde se nos acercó un funcionario de INPARQUES para dejar nuestro registro e indicarle la ruta que tomaríamos al día siguiente  y el objetivo de nuestra visita.  


Mientras mi sobrino afinaba los últimos detalles logísticos para continuar la travesía por el valle del indio al día siguiente, yo recordaba mi niñez en el caserío de Maturel, trinchera en Carabobo. Luego cuando nos mudamos al sector el mamón y de allí a la Entrada, cerca de lámparas hermanos Pecoraro - Naguanagua. En esos tiempos ser honesto, dar la palabra empeñada así como tener un conuco, cultivar café y tener burros, era normal y necesario. Mi hermana Juana la mejor amiga, y como buenos hermanos siempre estábamos peleando. Con el tiempo sus hijos, mis sobrinos más queridos.


Camino al valle del indio
Llegado el día del inicio de la travesía por el valle del indio. Nos correspondía caminar unas ocho horas hasta llegar al campamento las plazuelas, a más de 3mil msnm, donde instalaríamos un primer campamento. Marcos era el arriero contratado por mi sobrino. Llevaba dos mulas para el traslado de los alimentos, materiales y equipos. Una mula puede cargar, sólo con dos morrales, es la regla utilizada por la asociación de arrieros. Recuerdo a mi sobrino buscando esa noche cajas de cartón para solucionar la falta de un aislante para dicho arriero. Ellos acostumbran a usar las hojas de frailejón como colchón o aislante a la hora de dormir en el páramo, mi sobrino no podía permitir tal acción. Un frailejón crece un centímetro por año, es una vegetación vulnerable y frágil.

Campamento en las plazuelas

El tercer día de travesía teníamos como objetivo llegar al campamento Albornoz a 4500 msnm. Mi sobrino acertadamente proyectó el recorrido en tiempo, entre tres y cuatro horas a paso suave. Este campamento destaca por estar rodeado y compuesto por muchas rocas. Es necesario el uso de lentes para la protección de los ojos, ya que existe un mineral que corre con el viento e irrita la vista, este lleva por nombre mica. Nos abastecimos del agua acumulada en pequeños pozos cercanos al campamento. Tuvimos la precaución de colocarle pastillas de cloro.



Subiendo roca Táchira

El día de la despedida, el día del ascenso al techo de Venezuela. Partimos a las 5 de la madrugada, las linternas en el casco alumbraban el camino, pues la densa neblina se hacía presente en cada respiro. Mi sobrino iba adelante asegurando la ruta. Hacia frio y soplaba el viento. El camino era pura roca. Avanzábamos lentos pero seguros en cada paso dado o en cada roca trepada. Hicimos una parada para desayunar como a las 8 de la mañana en el sector donde antes se encontraba la roca del diamante. Era un desayuno compuesto por tortillas de maíz, queso amarillo, jamón, mermelada, yogur líquido, té caliente, entre otros.

 


Mi presencia siempre pasó desapercibida. Las personas que iban en la excursión no sabían que les acompañaba. Mi sobrino me llevaba con mucho amor y bien disimulada para no ser vista. Conversamos todo el camino, siempre había un momento para mí. Ya en el último tramo, en la chimenea, los recuerdos se fueron sumando uno a uno pero con una rapidez inimaginable. En la cumbre vi cómo se abrazaban, la celebración entre sus amigos por haber llegado, era la celebración de la vida.

 Llegado el momento en que estuve a solas con él, nos correspondió un ritual de despedida, entre risas, abrazos y lágrimas, agradeciendo a la vida por todo y por tanto, agradeciendo a mi sobrino cumplir con su palabra de llevarme con él; con la esperanza de vernos más adelante, una fuerte brisa sopló y con ella yo, volando y dispersando cada parte de mí echa cenizas a cada rincón de Venezuela.

En memoria a mí tía Cira María Alambarrio Vásquez.



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